El lector inteligente (la gran mayoría de los seguidores de este blog y que es lo que explica que sean tan pocos) esperará a leer toda la entrada para sacar sus conclusiones y eso es lo que habría que hacer siempre.
Nota (¡¿aquí, a mitad de texto?!).- Noto (huy, ¡qué bueno!, "Nota.- Noto ...") que desde hace un tiempo entro en bucles de los que cuesta salir, abriendo paréntesis, guiones y cualesquiera otras ofertas gramaticales, inventadas o no, intentando explicar la frase inmediatamente anterior escrita y que lo único que hace es liar al lector. ¿Que he perdido frescura? Si la hubiera tenido antes, quizá, pero ... ¿Veis?, lo que os decía hace un momento.
Aunque no lo parezca, hoy pensaba escribir sobre la siesta, esa costumbre tan nuestra y que el españolito/a medio/a tarda en asimilar y hacer propia. Ahora, una vez la tiene asimilada, la practica con una soltura, con un savoir faire, con un estilo ...
Recuerdo cuando era niño que era incapaz de imaginar siquiera mayor castigo que "obligarte" a dormir la siesta. Todavía recuerdo con espanto aquellas tardes de veranos en las que mi madre nos "obligaba" a dormir la siesta porque ella quería descansar un poco. Porque después lo he vivido en mis propias carnes, sé lo difícil que resulta adiestrar a 6 ó 7 niños para que duerman la siesta porque tú quieres hacerlo. Aquello -como podéis imaginar- acababa como el rosario de la aurora: mi madre enfadada y nosotros castigados.
Durante la (primera) juventud, al menos en mi caso, no recuerdo una afición especial por la siesta, en todo caso había unas cabezaditas a deshora tras haber trasnochado. No fue hasta que empezamos a tener niños cuando me di cuenta que necesitaba la siesta. La explicación es muy sencilla, no es otra cosa que un mecanismo de defensa del propio cuerpo ante las agresiones (en forma de falta de sueño) de las que viene siendo objeto. ¡Y eso que yo por la noche no oía a los niños! Era la pobre A. la que solís levantarse por la noche y cuando ya no podía más, una "dulce" patada (no me tiraba de la cama de milagro) me advertía que me tocaba a mí ver qué demonios le pasaba al niño en cuestión.
Ahora que mi cuerpo serrano no sufre esas agresiones (que dormimos del tirón, vamos), ha hecho de la siesta un derecho adquirido. Los días laborables, bien podríamos llamarla "cabezadita" como sabiamente suele denominarse en algunos lugares por no sobrepasar los 20', pero el fin de semana ... El fin de semana es otra cosa. Mirad si es otra cosa, que en casa ha pasado a tener un nombre propio. Y este nombre ha sido puesto con la mayor naturalidad del mundo por el método de la repetición. Ya sabéis, a base de oír una y otra vez una expresión, uno la hace propia y la utiliza con la mayor naturalidad del mundo. Con un ejemplo se entenderá mejor:
Hay que situarse en un sábado o domingo que no tengamos un plan especial. Estamos todos acabando de comer y alguno de los pequeños dice "¿Qué película veremos mientras tú duermes una siesta del terror?" Sí, así es, una siesta del terror. Quedaos con el concepto. Aunque, pensándolo bien, las siestas del terror eran las que de niños nos obligaba a dormir mi madre.
Nota (2): Buscando una imagen para ilustrar este post, descubro con asombro que en Madrid se celebró (al menos en el 2010) un campeonato nacional de siesta. Os puedo asegurar que, a pesar de que en casa la califiquemos como "del terror", no pasaría de la 1ª ronda. Vamos, que la llamamos así no sé muy bien por qué, pero no por su duración.