Esta característica que hace que sea un ser cuasi perfecto, en lugar de la perfección personificada con mi cuerpo glorioso y todo es la timidez y, en concreto, en su variante de la vergüenza ajena. No sé si realmente la vergüenza ajena podría incluirse dentro de la timidez, pero yo lo voy a hacer y, además, me voy a quedar tan ancho, que es otra de las características que tenemos los cuasi perfectos.
A pesar de no pertenecer a ningún grupo de "vergonzosos ajenos anónimos" (me daría vergüenza ajena participar en cualquiera de sus sesiones), es un tema que -me parece- lo estoy dejando. Recuerdo más situaciones embarazosas cuando era pequeño o más joven que no ahora (los más astutos habréis observado el detalle de colocar el adverbio comparativo "más" delante de "joven" para destacar que aún hoy sigo siéndolo) y no sé muy bien a qué se debe.
Como alguno/a estará nervioso/a por conocer en qué situaciones hace que a uno se le ponga la cara roja, os pondré algún ejemplo:
- Ver bailar a alguien. No sé ni me gusta bailar. Hasta aquí, normal (aunque más de uno se empeñe en demostrarme que esto ya es un problema). Sin embargo, va más allá, es ver bailar a alguien conocido y darme vergüenza ajena y si encima baila mal, no puedo ni mirar.
- En un espacio en el que hay un silencio absoluto (varias personas en un ascensor, por ejemplo) y que a uno le suenen las tripas (sé que hay otras situaciones todavía más desagradables, pero me da vergüenza ajena transcribirlas). Esa situación provoca que me ponga rojo y, evidentemente, todo el mundo piense que he sido yo.
- Que alguien haga el ridículo y yo sea testigo directo de ello.
El escribir sobre ese imaginario grupo de "vergonzosos ajenos anónimos" me ha hecho pensar en cómo sería una de sus sesiones. Me imagino un local que bien podría ser un aula de una escuela, con varias sillas en el centro colocadas formando un círculo. A un lado del aula una mesa con vasos de plástico, un bizcocho y una botella de 2 litros de Fanta de naranja. Habría una monitora que nos animaría a presentarnos. El primero en hacerlo, fruto de su timidez, tartamudearía al pronunciar su nombre y todos los demás nos pondríamos rojos a la vez. El segundo -ya veterano- intentaría demostrarnos que este síndrome se supera y para ello contaría un "chiste". Como nadie se reiría, otra vez nos pondríamos rojos. Antes de que el siguiente tomara la palabra, uno que está nervioso viendo cómo se acerca el momento de su presentación y se balancea en su silla apoyada sobre el suelo únicamente con sus patas traseras (de la silla), caería al suelo y todos, al unísono, volveríamos a enrojecer. La tercera en presentarse, al contemplar la escena y en un intento de eliminar nervios, vomitaría el trozo de bizcocho previamente engullido derramando toda la Fanta como consecuencia de tan tremenda arcada. Nuestras caras, que no han tenido tiempo de volver a su color natural (en el supuesto de que no fuera el rojo), subirían el tono colorado. En ese momento, todos intentaríamos esquivar miradas, consiguiéndose el efecto contrario, esto es, un sinfín de cruces de miradas que, al ver las tonalidades faciales de los allí presentes, harían que el color -y el calor- en la cara fuera del todo insoportables. Un final más que probable para esta sesión sería con varios de sus asistentes ingresados en Urgencias de cualquier centro sanitario público (con sus batas verdes abiertas por detrás que no harían otra cosa que agravar los síntomas por la vergüenza ajena que ello provoca en el paciente paciente (la reiteración es consciente teniendo en cuenta que hablamos de las Urgencias de un hospital público).
Para acabar y pensando en aquellos/as que estéis desolados/as por este descubrimiento, podéis pensar que es una virtud. Vendría a ser una forma heroica de vivir la caridad con los demás, no sé una especie de solidaridad con mis congéneres en grado sumo que hace que viva ese sufrimiento que él debería vivir (algunos, la verdad, ni se inmutan) en mi propio ser.