domingo, 12 de junio de 2011

Festival del colegio

Ayer estuvimos en el Festival del colegio para ver la actuación que JP y S. llevaban unos cuantos días preparando.

El lugar elegido era el pabellón polideportivo, gran acierto teniendo en cuenta la meteorología de estas últimas semanas. De esta forma una no tan imprevisible lluvia no habría deslucido el espectáculo.

Dejamos a JP disfrazado de duende y a S. de pajarito en el lugar y la hora acordada y A. y yo nos dispusimos a buscar un lugar desde el que disfrutar de la actuación. Entramos en el polideportivo y comprobamos que estaba abarrotado. Sólo nos acompañaron P. y Mi., porque Q. jugaba un partido de fútbol y Ma. tenía que estudiar. P. y Mi. se buscaron la vida y desaparecieron, mientras que A. y yo encontramos dos sillas vacías en la cuarta fila. Por delante nuestro bastantes cabezas de padres, madres y abuelas de los niños.

Llegó la hora y empezaron a salir niños disfrazados de duendes. A. y yo movíamos el cuello como locos buscando a JP, cuando de repente, A. exclamó "¡Ahí está!". Yo lo buscaba con la mirada y A. me dijo "Míralo, está allí, es el guapo". Eso es amor de madre, no dijo "es el más guapo", sino "el guapo". Después salió S. y -cómo no- también lo hizo muy bien.

Durante la actuación de los demás cursos me estuve fijando en las reacciones del resto del público. Me sorprendió el elevadísimo número de cámaras fotográficas y de vídeo allí concentradas. El gesto más repetido por los padres era el de levantar el dedo pulgar mientras que con la otra mano sujetaban la cámara. Entre las madres, sin embargo, abundaba el gesto de llevarse la palma de la mano a la boca, besarla para inmediatamente después despegarla de ahí.

Las abuelas, ay las abuelas, merecen un párrafo para ellas solas. Aplaudían a rabiar (tocara o no), se levantaban de la silla con una agilidad discordante con la edad que marca su DNI, gritaban cuando creían que su nieto les había visto y comentaban cualquier detalle del festival con la vecina de asiento, normalmente su hija y madre de la criatura.

Se agradece -y mucho- la duración del espectáculo que hizo todo mucho más llevadero y agradable.

Aviso: Que nadie busque a un niño guapo en la foto, está bajada de internet y no tiene nada que ver con el festival de ayer.


jueves, 9 de junio de 2011

El guante

Ayer nuestro hijo P. me pidió que escribiera una entrada sobre el guante y yo, obediente, así lo hago.

Hace más de un año, estaba P. navegando por internet buscando cualquier noticia relacionada con el fútbol y más concretamente con el Sevilla. Encontró un blog de un tipo muy futbolero (como él) y admirador de Arconada, aquel mítico portero de la Real Sociedad de San Sebastián y de la selección española. Al parecer también es sevillista y enseñaba fotos con casi todos los jugadores de la plantilla, amén de presentarse como amigo de alguno de ellos.

Como P. es un auténtico fan de Palop, el portero del Sevilla y vio que el bloggero lo conocía, me comentó este hecho. Según me recuerda P. le animé a que le escribiera un correo electrónico diciéndole que le gustaba mucho Palop y que si le podía enviar un autógrafo suyo. Total, que así lo hizo. Al poco tiempo le contestó diciéndole que hablaría con él y que creía que no habría ningún problema para hacerle llegar un guante de Palop.

La cosa fue alargándose en el tiempo y P., con absoluta paciencia, le iba enviando correos periódicamente para recordarle su promesa. A mi, la verdad, me daba un poco de pena la situación. Veía la ilusión de P. en ese asunto y la aparente dejadez de aquel chico que, sin ser consciente de ello (creo), había creado unas expectativas extraordinarias en mi hijo.

Sin embargo, el martes, cuando llegué a casa a mediodía, me encontré un sobre grande con mi nombre. Extrañado, miré el remitente y no fui capaz de reconocerlo, aunque en el fondo ese nombre me resultaba familiar. Enseguida caí en la cuenta de que se trataba de aquél que le hizo la promesa a P. Por la tarde, cuando P. llegó a casa, abrió el sobre y ... ¡allí estaba! Era un guante de Palop con una inscripción que decía "Para (nombre y apellido de mi hijo) de tu amigo Palop" y, a continuación, su firma. P. no cabía (ni cabe) en sí de gozo y tiene ese guante expuesto en su habitación como si se tratara de una reliquia (a veces me da miedo que cuando rece lo haga mirando al guante en lugar de la imagen de la Virgen que también está en su cuarto)

miércoles, 8 de junio de 2011

Objetividad

Está claro que todos tenemos unas ideas, una forma de ver las diferentes situaciones de la vida que, aunque no lo queramos, nos hace ser subjetivo en nuestras valoraciones. Y eso -creo yo- es bueno. No sé por qué tenemos metido en la cabeza que la "objetividad" es lo ideal, pero eso nos llevaría a no decantarnos por una u otra posición en innumerables casos. Además, el tener unas ideas (mejor si son propias) nos hace más libres, nos hace pensar por nosotros mismos y, por ende, nos lleva a estar fuera de esa enorme corriente de "aborregados" que hoy en día impera en nuestra sociedad.

Yo soy el primero que muchas veces, al empezar una frase, utilizo esa expresión de "objetivamente ..." Y eso nos ocurre con cualquier cosa, desde nuestra opinión en una jugada concreta de un partido de fútbol hasta en una opinión acerca de una decisión política. Queramos o no, nos dejamos llevar por nuestras simpatías o antipatías hacia ese equipo o hacia ese partido político y nuestro razonamiento discurrirá dentro de los parámetros marcados por nuestra ideología, tendencia o como queramos llamarle.

Como decía, creo que eso es bueno. Imagino que objetividad y coherencia debe estar muy ligado y eso nos llevará a valorar positivamente una acción de un partido político que se encuentre en las antípodas de nuestro pensamiento, así como a criticar las decisiones del más próximo a nosotros.

Me parece que, a estas horas de la mañana, me he metido en un berenjenal del que no sé salir (a no ser que borre toda la entrada, cosa que no me apetece) y se trata más bien de razonamientos propios de tertulia de café, sin ninguna enjundia.

He empezado así porque quería explicaros que el otro día, caminando por la calle, fui testigo de un hecho nada extraordinario pero que, dadas las reacciones que presencié, me dio qué pensar. Iba yo por la acera muy cerca de un Instituto de Educación Secundaria cuando, al llegar a un cruce, observé a un coche que se detenía para ceder el paso a los que circulaban por su derecha. Inmediatamente detrás de ese vehículo, circulaba un cliclomotor conducido por una chica. Al parecer, el primero de los coches invadió un poco el carril por el que circulaban los vehículos a los que debía ceder el paso, por lo que empezó a retroceder un poco muy lentamente hasta conseguir tirar al suelo el ciclomotor y su conductora que se encontraba justo detrás. Como no era nada grave (aparte del enfado de la joven conductora de la moto), seguí mi camino y pude oír las siguientes reacciones:

- Un grupo de chicas que observaron el incidente decían "¿Es tonta o qué?, ¿cómo se le ocurre pegarse tanto al coche?"

- Un grupo de chicos decía: "Ése tío es imbécil. ¿Que no la ha visto?"

Como veis, ambos grupos vieron lo mismo y la opinión de cada uno de ellos era radicalmente opuesta al otro.

Viniendo de quien venía cada una de las opiniones, dudo de la "objetividad" de las mismas. Los chicos defendían a la chica y las chicas al hombre que conducía el coche. No sé por qué, pero me dio la sensación que había algo más, no sé, como unas ideas preconcebidas sobre cada uno de los intervinientes en el suceso.

¿Mi opinión? No sé, quizá hubiera una "concurrencia de culpas". El conductor del coche invadió el carril que debía atravesar y eso hizo que tuviera que corregir su posición retrocediendo hasta hacer caer el ciclomotor y la chica se arrimó demasiado a ese coche.

Quizá he intentado ser objetivo...


lunes, 6 de junio de 2011

La electricidad y yo

Como os comenté en mi anterior entrada, mi hermano mayor ha estado este fin de semana aquí: había que adecentar el piso en el que pasará junto con su familia parte de este verano y, si Dios quiere, otras temporadas en el futuro. Por eso pasamos parte del sábado en IKEA (por si alguien tenía alguna duda, a este establecimiento sólo puede irse entre semana) y el domingo, junto con A. y Ma., ayudándole a montar alguno de los muebles adquiridos.

Al final no fue necesario montar ninguna lámpara aunque, si hubiese sido necesario, me habría armado de valor y lo habría hecho. Sé que no tiene gran mérito esto (hasta yo lo he hecho), pero para una persona como yo, a la que le da pavor todo lo relacionado con la electricidad, no está nada mal.

Mi miedo se remonta a cuando yo tenía 6 años (quizá 7, pero de lo que estoy seguro es que estaba en 1º de EGB) y estaba en casa. Mi abuela materna vivía con nosotros y esa tarde estaba yo especialmente pesado aunque desconozco el motivo. Lo que recuerdo perfectamente es que había una lámpara enchufada -hasta aquí, todo normal-, pero sin bombilla. ¿Por qué no tenía bombilla? Pues no lo sé, la verdad. Lo cierto es que yo conocía esa circunstancia y recuerdo decirle a mi abuela que si no me dejaba o daba lo que quería, metería la mano en el lugar que debía ocupar la bombilla. Mi abuela que, o desconocía que no había bombilla, o pensaba que era idiota y, sobre todo, que no sería capaz de hacerlo, me contestó algo parecido a "tú mismo".

Acabada la respuesta de mi abuela, me dirigí a la lámpara y cumplí mi estúpida amenaza: junté los dedos en la parte superior de los mismos (si intentáis hacerlo con la parte inferior, veréis que es imposible, a no ser que los tengáis sueltos) como queriendo hacer la figura de un huevo y ...

Salió una especie de luz azul, se apagó la luz de toda la casa y pegué un alarido que habría estremecido al hombre más insensible que pudiera existir sobre la faz de la tierra. El siguiente recuerdo que tengo es a mi madre haciéndome curas durante varios días con unas gasas impregnadas en lanolina o algo por estilo que aliviaba mucho. Hasta hace bien poco recordaba el nombre de estas gasas que venían presentadas en una pequeña caja metálica.

Recuerdo también que en el colegio no podía hacer caligrafía, así que estuve algún tiempo leyendo cuentos mientras mis compañeros completaban esos famosos cuadernillos de caligrafía.

Todavía tengo algún recuerdo de aquella tontería, unas pequeñas marcas en cada uno de los dedos, salvo el pulgar, de mi mano derecha.




viernes, 3 de junio de 2011

En la T1

Aquí me tenéis en el aeropuerto de Barcelona recogiendo a mi hermano mayor que viene de Colombia, donde vive. Como el vuelo desde Bogotá a Barcelona hacía escala en Madrid, ha cogido el puente aéreo y yo, que hace años que no lo uso, me he ido a la Terminal C, la de toda la vida. Pues no, ahora salen y llegan en la T1, en esa tan nueva, tan chula y...¡tan apartada!

Esto, la verdad, está muy tranquilo, demasiado tranquilo, tanto que casi se oye mi dedo golpeando la pantalla del móvil mientras escribo esta entrada.

Otra historia será encontrar el coche.

(ahora mismo están dando ese aviso, en varias lenguas, de que tengamos nuestras pertenencias controladas, ¿lo dirán por mi móvil o por mi camisa de manga larga?)

Intento subir una foto que he hecho, pero soy incapaz de hacerlo.

PS Uno de los primeros en salir ha sido Pedro Solbes. Imagino que volaba en clase bussines, como ahora es Consejero de Barclays ...

jueves, 2 de junio de 2011

En la Notaría

Quizá porque ya no soy tan joven o porque uno va adquiriendo experiencia o por cualquier otro motivo, pero lo cierto es que cada vez tengo más próximos a los demás. Antes, me bastaba con ver a alguien mayor que yo para pensar que estaba un escalón por encima ya fuera en conocimiento, experiencia o lo que fuera (no tiene nada que ver con el respeto que, además de debérselo a todos, con más motivo si es mayor).

A veces -inconscientemente- me pasa (o pasaba) con ciertos colectivos: Jueces, notarios ... Ahora, como decía, los veo más cercanos. También ellos han cambiado su actitud respecto a mí. No es lo mismo cuando yo era un pardillo que asistía a los juicios en defensa de compañías aseguradoras con una bisoñez propia de mi edad que ahora (que sigo siendo un pardillo aunque con unos cuantos años más). Aunque sólo sea en el trato, éste ha cambiado mucho.

Me estoy desviando del tema. Quería explicaros una anécdota (muy tonta) que me ha ocurrido hoy y que tiene como protagonista a uno de estos personajes a los que guardaba cierta (e infundada) veneración.

Acompañaba a unos clientes a la Notaría para firmar una escritura de manifestación y aceptación de herencia. La complicación radicaba en que, además de ser 8 hermanos los herederos, 6 de ellos residen en Francia aunque, a excepción de los dos últimos que únicamente son franceses, tienen la doble nacionalidad, francesa y española, lo que confundió al oficial de la Notaría y sólo exigió que obtuvieran el NIE a los "franceses" y no a los demás que, aunque españoles, por el hecho de no residir en España, precisan de un NIE para aceptar la herencia. Al final se ha solventado como buenamente hemos podido y quedamos a expensas de recibir esos famosos números de identificación.

Bueno, a lo que iba. Como hoy es festivo en Francia, se han desplazado los 6 hermanos allí residentes para aceptar los bienes que su padre tenía aquí en España. El Notario, un hombre accesible a pesar de su profesión, ha intentado departir con ellos y cuando han comentado que habían venido aquí aprovechando que hoy es festivo en Francia ha preguntado: "Ah, ¿sí? Y ... ¿qué día es hoy?"

Uno de ellos le ha dicho "La Ascensión", mientras una de las hermanas que vive en España añadía "Es que en Francia son más católicos que aquí".

Hasta aquí todo normal. El problema ha sido cuando el notario, espero que únicamente en un intento de hacerse más próximo al cliente, ha sentenciado "Ahh, claro, allí tienen a Sarkozy, que es de Misa diaria ... y que ha dejado embarazada a la Bruni". Mientras decía esto, lo hacía con una sonrisa picarona en la cara y mirando al personal.

Cualquier duda que pudiera tener acerca de la "veneración" que "merece" cualquier colectivo ha quedado del todo disipada y, sobre todo, este profesional del Derecho me ha demostrado muy poca cultura general.

miércoles, 1 de junio de 2011

LinkedIn

Para el que no lo sepa, LinkedIn es un sitio web orientado a negocios, una especie de red social profesional.

Hace ya tiempo que me di de alta en esta web y lo único que he conseguido es aumentar el número de contactos y seguir un poco más de cerca las trayectorias profesionales de aquellos conocidos que, por circunstancias de la vida o lugares de residencia, tengo más distantes. No he conseguido ningún cliente a través de esta red y una vez contactó conmigo un abogado alemán (de origen español) que debía llevar un asunto en España. Después de varios mensajes y varios meses, no volví a tener noticias suyas hasta que me llamó por teléfono (más de un año después) el abogado de una compañía mercantil (la contraria para entendernos) para intentar alcanzar un acuerdo, pues en no sé qué documento figuraba mi nombre como abogado del perjudicado. Me puse en contacto con el abogado alemán y, sin disculparse por las molestias, ni agradecerme la información que le trasladaba, ni darme muchas explicaciones, me volvió a explicar un rollo ininteligible por el que no llegó a cuajar la colaboración (de hecho no llegó ni a empezar). Después de esa anécdota no me ha extrañado nada el affaire de los pepinos (es cierto, cualquier titular de esta noticia de "los pepinos", está llamado a ser objeto de burla y escarnio) iniciado por Alemania en una ... no sé cómo decirlo ... precipitación en su diagnóstico.

Lo que quería explicar es lo que me pasó ayer con este red de contactos profesionales. Me encontraba yo en el despacho cuando me llegó un correo electrónico en perfecto inglés animándome a invitar a nuevas personas a formar parte de mi red de contactos. Sé que lo hice todo muy rápido, pero de lo que estoy seguro es que seleccioné a la gente que quería que se le remitiera la invitación (unos pocos, la verdad).

Desde entonces no he parado de recibir aceptaciones a esa invitación de gente a la que no había seleccionado, otros a los que ni sabía que eran contactos míos, otros que no sé ni quiénes son. Alguno me ha llamado por teléfono preguntándome qué es eso. Mi suegra, que hoy me había invitado a comer y que tiene 83 años, estaba muy interesada en que le explicara para qué servía la invitación que (inconscientemente) le había cursado.

Deduzco que lo que ha hecho esta red social es coger, no sólo mis contactos de mi cuenta de correo electrónico, sino incluso a aquellas personas que aparecían copiadas en algún correo que algún día recibí de alguien. Podéis imaginar que el envío de invitaciones a formar parte de mi red ha sido masivo.

Prefiero no pensar mucho en eso y espero, sobre todo, no recibir ningún correo electrónico o llamada telefónica de algún abogado alemán que necesita de mi colaboración en un asunto.