Pasados dos años y pico se ha demostrado que -por lo menos hoy- no tiene ese abogado particular. No sé si me mintió o ha ido a peor fortuna, pero lo cierto es que debía encargarme yo de su asunto.
Sin entrar en el fondo del tema, sólo os diré que mi cliente está imputado por un delito de allanamiento de morada. Según su versión (que dista algo de la realidad), él fue a un inmueble de su propiedad que habían "prestado" (firmaron un contrato de arrendamiento, pero bueno) a un conocido y empleado suyo para que pudiera residir allí con la condición de que debía abandonarlo en cuanto se lo dijeran porque estaba a la venta. Los hechos se remontan a abril de 2009 cuando mi cliente acudió a su piso para enseñárselo a un posible "comprador" (no era tal, sino un amigo suyo) después de haber quedado con el inquilino. Al llegar, llamó repetidas veces al timbre y como quiera que no abrían, utilizó su llave para entrar. En ese momento vio un bolso y otras pertenencias que hacían presagiar que allí había alguien. Efectivamente, al llegar a uno de los dormitorios, se encontró con una mujer (entonces "compañera sentimental" o no del inquilino), quien salió dando gritos. Ésta y el inquilino denunciaron los hechos.
Bueno, ya me he alargado demasiado. Quería contar otra cosa, pero antes debía situaros.
Me encontraba yo en el Juzgado esperando a que mi cliente llegara, cuando aparecieron dos hombres que hablaban entre sí y uno de ellos con un fuerte acento argentino, ¿sabés, no? Su actitud era un poco chulesca. Me dirigí a él y le pregunté si era Fulanito de Tal (en verdad no se llama así, pero por aquello del secreto profesional y por mantener el anonimato en el blog) y sorprendido me dijo que sí, preguntándome que cómo lo sabía. Lógicamente y por obviedad, me callé.
Le dije que recordaba que en el año 2009 me había dicho que tenía un abogado particular y si todavía lo mantenía (no fuera que yo me estuviera ocupando de los meros trámites y después llegara su flamante abogado y me pidiera la venia para comparecer en el juicio y ahorrarle un dinero a su cliente). Me dijo que no. Después, como quien no quiere la cosa me dijo que su " "ex" es abogado y, como aclaración, añadió "ya sabés, es medio persona" y sonrió. Lo cierto es que la bromita no me hizo mucha gracia, pero hice como que no había oído nada.
Al rato, y después de revisar el expediente, volví junto a él para informarle de la situación en la que se encontraba el proceso. Le comenté que con este mismo denunciante había tenido otros problemas, pues aparecían menciones a un procedimiento por coacciones. Me puso cara de póquer y le dije "Sí, hombre, según las actuaciones, te atendió el letrado X". Entonces me contesta con un "Ahhh, sí, uno que es un borracho". En ese momento y de forma totalmente inesperada, me calenté y le contesté muy serio "Veo que tienes una visión muy negativa de los abogados. Tienes suerte de que yo sea tu abogado del Turno de Oficio porque, la verdad, no me apetece nada defender a una persona como tú aunque, para tu tranquilidad, decirte que tengo la obligación de hacerlo y así lo haré". Se hizo el silencio, roto por su socio que se levantó y dijo "Bueeeeno, yo me tengo que ir" y se despidió de mí. Le tendí la mano, me la dio y se fue. Me quedé a solas con mi cliente.
Ahí vino lo más divertido. Me pidió perdón y para demostrarme su "amor" y "admiración" por los abogados, me dijo "Pero si a mí me encantan ...¡siempre veo los Simpsons! y el abogado es un gran personaje de esta serie", preguntándome a continuación si los veía, a lo que contesté con un escueto "no".
La cosa no fue a más. Lo que más me sorprendió fue mi reacción defendiendo a un colectivo del que formo parte pero que muchas veces soy el primero en criticar. Aunque sea muy tajante, puedo aseguraros que nunca se me podrá tachar de corporativista (al menos hasta ahora).